La combinación de una inflación sostenida y los drásticos recortes en la cobertura de obras sociales ha estructurado una «crisis silenciosa» en la Argentina. Entre los sectores más vulnerables, las personas de la tercera edad sufren las consecuencias directas de un doble frente asfixiante: la malnutrición provocada por la imposibilidad de acceder a dietas saludables y la falta de medicamentos esenciales debido a los altos costos y las nuevas restricciones de cobertura en los subsidios de PAMI. En la provincia de Buenos Aires, y de manera crítica en la ciudad de Berisso, esta problemática ha dejado de ser una estadística macroeconómica para transformarse en una realidad diaria en los barrios.

La malnutrición en la tercera edad en Argentina no siempre se manifiesta como desnutrición por falta absoluta de alimentos, sino principalmente a través de la malnutrición por carencia de nutrientes de calidad, como proteínas, vitaminas y minerales. Informes sociosanitarios recientes advierten que el consumo diario de frutas, verduras y lácteos esenciales ha caído drásticamente en los hogares de menores ingresos. Con una jubilación mínima que apenas cubre la canasta básica, los adultos mayores se ven obligados a volcar su dieta hacia carbohidratos baratos como fideos, pan, arroz y harinas. Esto acelera la pérdida de masa muscular, un proceso natural de la edad conocido como sarcopenia, debilita el sistema inmunológico y agrava patologías preexistentes como la diabetes y la hipertensión.

A la deficiente alimentación se le suma la imposibilidad de sostener los tratamientos médicos. Informes sectoriales revelan que los medicamentos específicos para la tercera edad han registrado subas alarmantes en el último año, superando con creces los índices de movilidad previsional. Aunque PAMI mantiene algunas coberturas en tratamientos especiales como oncología o diabetes, las nuevas normativas para acceder al subsidio social completo exigen requisitos estrictos, limitando el beneficio automático a un máximo de entre 4 y 6 medicamentos mensuales bajo una rigurosa evaluación socio-sanitaria.

En las farmacias de la región se repite una escena desgarradora: jubilados que llegan con recetas para tres o cuatro patologías crónicas y terminan consultando los precios para llevarse solo una parte de la medicación o, en el peor de los casos, abandonar el tratamiento. El impacto sanitario es directo: la monodieta basada en harinas genera un incremento de obesidad malnutrida y descontrol glucémico, mientras que las restricciones en los vademécums derivan en el abandono intermitente de tratamientos cardiológicos, analgésicos y respiratorios.

En Berisso, las alarmas están encendidas tanto en las Unidades Sanitarias de los barrios como en el Hospital Zonal General de Agudos «Dr. Mario V. Larraín». Ante la imposibilidad de sostener la medicina prepaga, los coseguros o los medicamentos particulares, los vecinos se vuelcan masivamente al sistema público local, el cual se encuentra al límite de sus capacidades operativas, sufriendo demoras en la atención primaria y sobrecarga en las guardias por emergencias evitables.

Profesionales de la salud de la zona comentan que llegan abuelos al hospital con cuadros de descompensación severos que no se deben a una nueva enfermedad, sino simplemente a que hace dos semanas dejaron de tomar la pastilla de la presión para poder pagar la comida, o porque su única comida diaria es un plato de fideos. La geografía social de Berisso, con populosos barrios periféricos y una fuerte tradición obrera de jubilados vinculados a la vieja actividad industrial y portuaria, vuelve a este sector especialmente vulnerable. Las largas esperas para conseguir turnos con especialistas y las dificultades para retirar insumos específicos en el ámbito municipal completan un cuadro de desamparo estructural.

La desfinanciación de los programas nacionales impacta de lleno en los municipios, que deben hacer malabares para sostener la demanda social. Organizaciones vecinales, comedores y centros de jubilados de Berisso intentan tejer redes de contención repartiendo viandas e intentando canalizar donaciones de remedios, pero admiten que el panorama los excede. Sin políticas públicas integrales que unifiquen el acceso real a una canasta alimentaria adecuada y garanticen la gratuidad universal de los fármacos esenciales para enfermedades crónicas, la salud de los abuelos de Berisso y de toda la Argentina seguirá deteriorándose a la par de sus bolsillos. La vejez en el país se ha convertido en una carrera de supervivencia donde la salud ha pasado de ser un derecho garantizado a un laberinto de respuestas a medias.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *