Si uno se queda mirando las conferencias de prensa en la Casa Rosada, parece que estamos viviendo en la Suiza de los Andes. El Gobierno saca pecho con un 31% de inflación anual para el 2025 y nos lo vende como el «milagro argentino». Pero basta con salir a la calle, sin custodios ni planillas de Excel, para darse cuenta de que ese numerito es, siendo amables, una fantasía creativa. El «30% de Milei» es como ese filtro de Instagram que te borra las arrugas: te ves bien en la foto, pero cuando te mirás al espejo —o al ticket del súper— la realidad te pega un cachetazo.

La trampa es tan vieja como el truco: el INDEC promedia todo. Claro, si bajaron los precios de los perfumes importados o de las zapatillas de marca porque nadie tiene un peso para comprarlas, el índice general baja. Pero el problema es que la gente no desayuna zapatillas ni almuerza fragancias francesas. El ciudadano de a pie se choca con la «inflación de verdad».

Mientras el Gobierno festeja la baja del IPC, el carnicero del barrio parece que te está cobrando el asado a precio de lingote de oro. Con la liberación total de las exportaciones, ahora pagamos la vaca como si viviéramos en el centro de París, pero cobrando en pesos devaluados. La carne subió casi el doble que ese 30% oficial, convirtiendo el domingo en familia en un evento de lujo para unos pocos elegidos.

Pero si lo de la comida es para llorar, lo de los alquileres ya es una película de terror. Bajo el lema de la «libertad absoluta», el mercado inmobiliario se convirtió en un parque de diversiones para los propietarios y un calvario para los inquilinos. Durante todo el 2025, mientras el Gobierno nos decía que los precios se estaban quedando quietos, los alquileres pegaron un «vuelo» que dejó al IPC mirando desde abajo. Con contratos que se ajustan cada tres meses por cualquier índice inventado en un café y propietarios que piden depósitos en dólares blue, el costo de tener un techo subió por encima del 50% anual en las principales ciudades. Es una ironía brillante: Milei te dice que la inflación murió, pero para renovar un dos ambientes tenés que entregar un riñón y la mitad del sueldo del próximo año.

Y ni hablemos de los servicios, ese otro gran chiste del 2025. El Gobierno dice que la inflación está «domada», pero te llega la boleta de la luz y te da un choque eléctrico antes de que la abras. Entre el gas, el agua y el colectivo —que ya cuesta lo mismo que un pasaje en avión—, el sueldo se evapora antes del día diez. El famoso «superávit» parece que sale de dejar las casas a oscuras y las heladeras vacías.

Al final del día, el 31% anual es una verdad técnica, pero una mentira social. Mientras en Balcarce 50 descorchan por haber «matado» a la inflación, el tipo que tiene que renovar el contrato de alquiler o comprar un kilo de milanesas se pregunta si vive en el mismo país que figura en las planillas del Ministerio de Economía.

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