La realidad económica y social de Berisso atraviesa un momento crítico donde los números no cierran y el impacto cotidiano se siente en cada barrio. Entre la falta de oportunidades laborales, la suba constante de las tasas municipales, la parálisis total de las obras públicas y una cobrabilidad impositiva que cae a niveles alarmantes, la ciudad parece haber entrado en un círculo vicioso de estancamiento.
La falta de puestos de trabajo e inversión en el distrito no es una novedad, pero su profundización alarma. Sin un perfil industrial activo ni incentivos para la radicación de comercios o empresas, la masa laboral joven y los trabajadores con experiencia quedan a la deriva. La ausencia de empleo formal sofoca la economía local y restringe el consumo en los comercios de barrio.
En contraposición a la recesión general, la respuesta municipal ante la caída de ingresos ha sido el incremento sistemático de las tasas e impuestos locales. Para comerciantes y vecinos, los aumentos llegan con puntualidad, pero no se traducen en mejoras visibles. Pagar más por servicios que se prestan de forma deficiente o discontinua genera un comprensible malestar generalizado.
Basta con recorrer las calles del distrito para comprobar la parálisis total de la infraestructura. Zonas enteras se ven golpeadas por el deterioro del pavimento, baches históricos y falencias en el alumbrado público, mientras que las tareas esenciales de zanjeo, limpieza y desmalezado se ejecutan a cuentagotas o solo tras reiterados reclamos vecinales. Las grandes obras transversales continúan demoradas o directamente frenadas, dejando a la vista la incapacidad de gestión para conseguir o ejecutar partidas presupuestarias.
El resultado directo de esta combinación es una caída estrepitosa en la cobrabilidad: cada vez son menos los vecinos que pagan las tasas municipales. No se trata solo de la imposibilidad económica que enfrentan muchas familias golpeadas por la crisis, sino también de una clara postura de rechazo frente a la pregunta de por qué abonar un impuesto cuando la contraprestación en servicios y obras es prácticamente nula.
Mientras la recaudación cae porque la gente no puede o no quiere pagar por servicios ineficientes, la respuesta oficial vuelve a ser ajustar la presión impositiva sobre los pocos que todavía cumplen. Sin generación de empleo ni inversión pública, Berisso queda atrapado en una dinámica donde el vecino paga las consecuencias de una administración sin rumbo.




