La brecha salarial en el Municipio de Berisso ha dejado de ser una simple estadística para transformarse en una bofetada directa a la dignidad de quienes sostienen el día a día de la ciudad.
Mientras las barriadas reclaman servicios básicos y las calles muestran el deterioro de una gestión en crisis, la liquidación de los haberes de mayo de 2026 expone una realidad incontrastable: en el Berisso que conduce Fabián Cagliardi, el esfuerzo no se mide con la misma vara, y la empatía brilla por su ausencia.
El análisis fino de los números oficiales revela un contraste obsceno. Un trabajador municipal del escalafón más bajo percibe hoy un salario neto de hambre que apenas supera el millón de pesos. Con el reciente incremento otorgado para este mes y celebrado por los gremios, el aumento real de bolsillo para este laburante —el que junta la basura, el que destapa las zanjas, el que sostiene la administración— fue de apenas 77.455,67 pesos. Una cifra que se diluye en el almacén de barrio en menos de dos días y que condena a las familias municipales a quedar sumergidas bajo la línea de la pobreza.

La contracara de esta miseria planificada se encuentra en los despachos del Palacio Municipal y las bancas del Concejo Deliberante. Si aplicamos ese mismo porcentaje a un sueldo promedio de la planta política o de un concejal de los ingresos más sutiles —estimado hoy en unos 3.500.000 pesos—, el incremento para el funcionario es de 322.000 pesos.
Pero la brecha se vuelve un abismo cuando se mira hacia lo más alto de la pirámide estatal. Para un Secretario de la comuna, con un sueldo promedio de 5.000.000 de pesos, el mismo porcentaje se traduce en un incremento de 460.000 pesos en un solo mes.
La obscenidad alcanza su punto máximo al calcular la suba para el Intendente, cuyo sueldo mínimo (es más pero los números no se muestran) se ubica en los 10.000.000 de pesos: de un plumazo, el jefe comunal pasa a cobrar 920.000 pesos más.
El contraste es demoledor y hasta cruel: el aumento mensual que recibe un Secretario equivale a lo que necesitan seis trabajadores municipales de base para ver una mejora en sus hogares, mientras que la suba de bolsillo del propio Intendente representa casi doce aumentos de los trabajadores que barren las calles de la ciudad.
Mientras el poder político embolsa extras que equivalen a sueldos enteros de la actividad privada, el empleado municipal de a pie recibe una limosna que no llega a cubrir una garrafa y un kilo de carne.
Esta alarmante pérdida del poder adquisitivo no ocurre en el vacío. Cuenta con el aval y la firma de un arco sindical que parece haber olvidado su razón de ser. El Sindicato de Trabajadores Municipales (STMB), la Asociación de Trabajadores del Estado (ATE) y UPCN han rubricado un acuerdo que se presenta en las actas como un triunfo, pero que en la realidad de las góndolas es un magro logro.
La paritaria entregada por estas conducciones gremiales no hace más que cristalizar la precarización. Al aceptar porcentajes que se aplican sobre básicos de miseria, los gremios terminan siendo funcionales a la lógica del achique que impone el Ejecutivo local, que usa la misma lógica del Ejecutivo Nacional de Milei.
Desde la cúspide del poder local, el intendente Fabián Cagliardi ensaya discursos de justicia social que colisionan de frente con los recibos de sueldo de sus dirigidos. La falta de empatía de la gestión municipal no es una percepción; se lee en las cuentas. Gobernar una ciudad manteniendo a sus trabajadores con ingresos que rozan la indigencia, mientras la planta política percibe actualizaciones que representan fortunas inalcanzables para el común de los vecinos, es una decisión política clara.
Berisso asiste a la consolidación de un modelo de gestión donde la soga siempre se corta por lo más delgado. El descontento crece en los corralones y en las oficinas públicas, no solo por lo poco que hay en el bolsillo, sino por la soberbia de una dirigencia que mira la crisis desde la comodidad de la planta alta.




