En una nueva muestra de insensibilidad social y un profundo desconocimiento de la realidad cotidiana de millones de argentinos, el expresidente Mauricio Macri lanzó una frase que quedará marcada por su carga de cinismo: “Un pobre de hoy vive igual o mejor que casi un rey de hace cien años”. Las declaraciones, realizadas en el podcast La Fábrica, no solo minimizan la tragedia de la pobreza estructural en el país, sino que intentan romantizar la carencia bajo el argumento de un acceso a servicios básicos que, en la práctica, es inexistente para gran parte de la población.
La comparación resulta casi ofensiva en el contexto actual. Afirmar que un ciudadano en situación de vulnerabilidad goza de una calidad de vida «real» por el simple hecho de vivir en la modernidad ignora las cifras de indigencia y la precariedad habitacional que azota a los barrios populares y al conurbano. Como bien señalaron analistas tras sus dichos, basta recorrer las calles para notar que miles de personas no tienen acceso a cloacas ni agua corriente, y mucho menos a una alimentación digna, derechos que difícilmente podrían equipararse al estándar de vida de la realeza de cualquier época.
Este discurso de Macri no es un hecho aislado, sino que se alinea perfectamente con la narrativa del presidente Javier Milei, su principal socio político. Ambos dirigentes comparten una visión donde la justicia social es considerada una «aberración» y donde el bienestar individual se reduce a métricas abstractas de mercado, ignorando el factor humano. La retórica de «poner garra» y «reestructurarse» que Macri dirigió a los trabajadores de la planta Fate —donde el cierre de la fábrica dejó a cientos de familias en la calle— espeja la frialdad del gobierno de Milei ante el desplome del empleo industrial y la pérdida de derechos laborales.
La postura del exmandatario refuerza una noción de la realidad distorsionada, donde se le pide al pobre que «celebre» su condición bajo el pretexto de un progreso tecnológico que no llega a su mesa. Al defender la necesidad de una reforma laboral que licue las indemnizaciones y al justificar el ajuste salvaje, Macri y Milei consolidan una alianza ideológica que parece habitar en una torre de marfil, completamente ajena al hambre y la incertidumbre de quienes hoy, lejos de vivir como reyes, luchan día a día por la supervivencia básica.




