En el léxico de las redes sociales, «farmear aura» describe la acción de ejecutar un gesto trivial o ensayado únicamente para acumular capital simbólico, sumar puntos de estilo y proyectar una imagen de soltura ante el público. Lo ocurrido en el balcón de la Casa Rosada con el presidente Javier Milei es, una «payasada» más y una demostración cabal de cómo llevar esa lógica del ámbito digital directamente a la cima del poder institucional sin que importe la cruda realidad. Es decir; vive en otro mundo.
Flanqueado por integrantes de su Gabinete e imitando gestos virales ante un grupo de estudiantes, el mandatario prefirió saludarse con la juventud mediante códigos de TikTok en lugar de ofrecer explicaciones, emitir posicionamientos de Estado o dar respuestas concretas sobre la realidad del país. La escena expone una grieta profunda entre el espectáculo político y la responsabilidad de gobernar.
Por un lado, la aparición funcionó como una típica maniobra de distracción para eludir temas incómodos de la coyuntura. Ante escenarios complejos o traspiés diplomáticos, el Ejecutivo suele optar por la banalización festiva en lugar de la madurez institucional. Por otro lado, esto ratifica que el campo de batalla prioritario para la gestión sigue siendo el consumo rápido de pantalla: cuando la realidad exige acuerdos de fondo, templanza y gestión real, la respuesta oficial es un guiño a la cultura meme para alimentar el entusiasmo de sus seguidores en redes.
Asimismo, existe una desconexión preocupante con la calle. Mientras el ajuste fiscal impacta de lleno en el consumo diario, las universidades padecen la falta de recursos y el bolsillo de la clase media se resiente, la imagen de un Gabinete entretenido en realizar coreografías desde la altura del balcón presidencial roza la provocación.
El problema de «farmear aura» desde la Casa Rosada no radica en la simpatía del gesto para sus militantes digitales, sino en la sustitución sistemática de la política por la escenografía. Un Presidente no debería apelar a las tendencias de internet para disimular la ausencia de respuestas o la falta de un rumbo claro. A la larga, el capital simbólico que genera el algoritmo es efímero; el costo institucional de la superficialidad, en cambio, se termina pagando en la realidad concreta.




