Cerca de la estación de bomberos, en ese corazón urbano de Berisso donde la vida cotidiana se cruza a diario con la gestión local: a tan solo cuatro cuadras del Honorable Concejo Deliberante y a seis de la Municipalidad. Dos personas conversaban en la vereda cuando la escena los obligó a frenar la charla.

Un hombre muy mayor, jubilado hace apenas unos meses tras toda una vida de trabajo, revolvía con delicadeza una bolsa de basura junto al cordón. Al notar la presencia de quienes hablaban, levantó la mirada y, casi pidiendo disculpas por existir, se apuró a aclarar: —No la voy a romper a la bolsa, quédese tranquilo. Solo busco un poquito de cobre o algo…

Cobra la mínima. No le alcanza. Mientras explicaba con la voz quebrada un pedazo de su historia, una vecina, indignada y con el corazón estrujado, fue por una bolsa y le entregó algo de mercadería. El hombre lo recibió con pudor, cerró la bolsa de residuos y soltó una frase que retumbó más fuerte que cualquier discurso oficial: —No me quejo, esto es así.

La resignación de quienes lo dieron todo y hoy terminan hurgando en la calle para subsistir es la radiografía más cruel de este tiempo. Pero la jornada no iba a dar tregua.

Al rato, en un programa de noticias de la radio local, irrumpió la voz destrozada de una vecina. Lloraba desconsoladamente mientras mostraba —virtualmente, con el peso del dolor— una boleta de gas que superaba los cien mil pesos. —Yo no la puedo pagar… ya me lo cortaron. No tengo ni para calentar el agua del mate, alcanzó a decir entre sollozos la jubilada.

Fueron, una vez más, los propios vecinos los que hicieron una colecta, juntaron peso sobre peso y le compraron una garrafa para que al menos pudiera encender una hornalla.

Poco después, otro testimonio golpeaba en el mismo clavo. Otra jubilada de nuestra ciudad relataba cómo su factura de luz saltó sin anestesia de 15 mil a más de 150 mil pesos. La empresa distribuidora le retiró el medidor por falta de pago. Hoy vive en la clandestinidad forzada, enganchada a la red y con el corazón en la boca cada vez que escucha un ruido en la calle: —Yo no soy ladrona ni mala persona —confesó con vergüenza—. Pero no me alcanza de ninguna manera para pagar la luz. Vivo con miedo a que me descubran y me vuelvan a cortar.

Resulta desgarrador constatar la distancia que hay entre las estadísticas frías, el discurso grandilocuente y la realidad que se respira en la vereda. A pocas cuadras de las bancas y de los despachos donde se toman decisiones o se discuten tecnicismos, la gente real está haciendo malabares para no caer al abismo.

Hay una Argentina humilde que sostiene a la Argentina golpeada. La solidaridad de los vecinos —el paquete de fideos entregado en mano, la colecta para la garrafa, la empatía en el barrio— es la única red de contención que queda en pie. Es la reserva moral de nuestro pueblo.

Sin embargo, la comunidad no puede suplir indefinidamente la ausencia del Estado ni la crueldad de una política económica nacional que insiste en cerrar números dejando afuera a las personas. Un plan económico que considera a los jubilados un «gasto reducible» y a los servicios básicos un lujo inalcanzable no es solo nefasto: es inhumano. Muestra el poco corazón de un sector de la política que gestiona desde las planillas de cálculo, insensible al llanto de una abuela que no tiene cómo calentar la pava o al pudor de un abuelo que busca metales en la basura.

Cuando pagar la luz convierte a una persona honesta en «delincuente» por necesidad, lo que está roto no es el medidor: es el contrato social. Y no habrá superávit comercial ni estadística macroeconómica que alcance para justificar semejante desamparo.

A propósito, está historia es tan real como la desconsideración de buena parte de los funcionarios.

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