Mientras la gestión del Intendente Fabián Cagliardi se esfuerza por presentar la situación sanitaria de la ciudad como un avance de su administración, la realidad puertas adentro del único hospital público de Berisso es drásticamente opuesta.

El escenario que enfrentan pacientes y trabajadores es calificado como caótico, con salas de urgencias saturadas donde la espera oscila entre una y tres horas para recibir atención. Conseguir un turno para especialistas se ha vuelto una odisea que obliga a los vecinos a formar fila desde las 3:30 de la madrugada para acceder a los escasos cupos disponibles.

A la falta de medicación e insumos básicos se le suma una sobrepoblación crítica en el servicio de internación. El acceso a una cama se ha transformado en un proceso tortuoso debido a que las salas permanecen llenas de forma constante.

Esta saturación se vio agravada por las decisiones de PAMI y el cierre de clínicas privadas locales, lo que derivó en que una gran cantidad de jubilados comenzaran a «capitar» en el hospital público, desbordando una infraestructura que ya se encontraba al límite.

El diagnóstico más crudo proviene de los propios trabajadores, quienes denuncian que ni siquiera hay lugar adecuado para resguardar los cuerpos de las personas fallecidas y se quejan del ingreso de «acomodados» que hasta llegan a ganar más dinero que el propio personal.

A pesar de este panorama de desidia y personal agotado, el discurso político oficial insiste en maquillar la realidad, presentando como un progreso lo que para el vecino de Berisso representa una situación de extrema vulnerabilidad y necesidad insatisfecha.

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