La narrativa oficial del «milagro argentino» y la supuesta recuperación económica choca de frente con una realidad de persianas bajas y precarización extrema. Según los últimos registros de la Superintendencia de Riesgos del Trabajo y diversos informes técnicos, el país atraviesa una contracción inédita de su tejido productivo: en los primeros dos años de la gestión de Javier Milei, han cerrado cerca de 22.000 empresas empleadoras. Esta sangría empresarial arroja un promedio demoledor de 30 firmas que desaparecen cada 24 horas.
Esta mortalidad empresarial tiene un correlato directo en la destrucción del trabajo digno. En el mismo período, se registró una pérdida neta de 290.602 puestos de trabajo registrados en el sector privado.
La equivalencia temporal es escalofriante, ya que en Argentina se destruye un empleo formal cada cuatro minutos, lo que suma un promedio de más de 400 despidos diarios.
Lejos de asumir esta crisis, el Gobierno intenta maquillar las cifras utilizando el crecimiento de la informalidad y las «changas» como indicadores de ocupación, cuando en realidad se trata de una estrategia de supervivencia ante la falta de alternativas estables.
Los datos del INDEC revelan que se sumaron 357.000 trabajadores informales al sistema, personas que han perdido sus empleos con aportes y hoy sobreviven en la precariedad total, sin cobertura social ni jubilación. El oficialismo anota estas tareas de subsistencia como «puestos de trabajo» para ocultar una caída del empleo privado registrado del 2,81%.
Mientras tanto, los principales referentes del modelo intentan sostener un relato que la realidad desmiente: Patricia Bullrich justifica los recortes laborales como una lucha contra supuestas «mafias», ignorando que la informalidad no bajó, sino que se convirtió en el único refugio ante la desaparición de las pymes.
Por su parte, Federico Sturzenegger insiste en que la flexibilización atraerá inversiones, pero las cámaras empresariales como CAME ya advierten que otras 31.500 pymes corren riesgo de cierre inminente este año por el desplome del consumo.
En la misma línea, el ministro Luis Caputo celebra incentivos fiscales que resultan estériles frente a una apertura de importaciones que ha puesto en jaque a sectores enteros.
Con la construcción cayendo un 15% y la industria manufacturera un 6%, la Argentina productiva se achica a un ritmo de una empresa por hora, dejando un rastro de desocupación que las mentiras estadísticas sobre el empleo informal ya no alcanzan a tapar.




