Mientras en Argentina la inflación sigue su propio curso —habitualmente hacia arriba— y los jubilados cuentan monedas para prestarle plata a un tal Adorni, nuestro Presidente ha decidido que la mejor forma de gobernar es cantando y si es en el exterior mejor.
Con ésta premisa de showman fracasado (tan fracasado como su plan económico), el Presidente Javier Milei cerró su gira por Israel interpretando «Libre», el himno de Nino Bravo, con una convicción y una falta de ridículo que ya quisiera tener cualquier músico argentino.
No fue un ensayo filtrado por error, fue una declaración de principios. En el Monte Herzl, rodeado de antorchas que representan a las 12 tribus de Israel, Milei se subió al escenario para recordarnos que, aunque el peso sea un «excremento», su vibrato está más sólido que nunca.
Acompañado por artistas locales, el mandatario bailó y entonó aquello de «libre, como el sol cuando amanece», quizás una metáfora de su propia agenda internacional, que vuela alto y lejos de las urgencias domésticas.
Resulta curioso que, mientras periodistas como Nancy Pazos aseguran que el Círculo Rojo ya está jugando al «Quién quiere suceder al León», el León prefiera jugar a «La Voz: Edición Jerusalén».
En un discurso cargado de comparaciones entre el utilitarismo y los «lazos inquebrantables», Milei aclaró que Argentina e Israel no son socios, sino naciones amigas. «Los socios se unen por un interés utilitario. Los amigos forjan lazos por valores morales», sentenció el Presidente.
Es conmovedor ver a un mandatario tan enfocado en los valores morales y en el milagro de la luz de los Macabeos, especialmente cuando la Secretaría de Energía sigue buscando milagros similares para que no se corte la luz en el Conurbano el próximo verano.
Entre los grandes hitos de este viaje, podemos destacar un talento vocal con una interpretación de Nino Bravo que haría llorar al mismísimo autor (por razones no tan loables), y una serie de mudanzas imaginarias al reafirmar el traslado de la embajada a Jerusalén; una decisión que, en términos de geopolítica, es tan tranquila como patear un panal de abejas en un jardín ajeno.
También nos llevamos la promesa de una ruta aérea directa Buenos Aires-Tel Aviv para noviembre, ideal para quienes quieran huir de la realidad local con mayor velocidad, y un acuerdo de Inteligencia Artificial firmado entre antorchas milenarias.
El pasado y el futuro se dan la mano, mientras el presente espera en la fila del supermercado poder pagar ese paquete de fideos moñitos.
Mientras Milei se siente «profundamente agradecido» por prender antorchas, el resto de los mortales en Argentina se pregunta si la luz que irradian servirá para iluminar el túnel del que, según nos prometieron, estamos por salir, promesa echa una y otra vez cada cuatro meses.
Por ahora, nos quedamos con la imagen de un Presidente que, ante la crisis, elige el escenario. Al fin y al cabo, si el país no despega, siempre nos quedará un show bizarro y un presidente aún más bizarro que su show.




