Resulta difícil procesar, incluso para un país acostumbrado a los vaivenes de sus crisis cíclicas, el titular que hoy sacude a la opinión pública: la comercialización de carne de burro en Chubut como «alternativa económica».
Lo que se intenta presentar bajo el barniz de la «innovación nutricional» y el aprovechamiento de suelos áridos no es más que el síntoma final de una política económica que ha decidido que el asado de exportación es un lujo prohibido para quienes lo producen.
En la Argentina que alguna vez fue el faro ganadero del mundo, el gobierno actual parece gestionar la escasez con un cinismo alarmante. Mientras se jactan de indicadores macroeconómicos y equilibrios fiscales que solo cierran en una hoja de cálculo, la realidad en las góndolas y carnicerías empuja al pueblo a una dieta de emergencia.
Pasamos de ser la nación de la mejor carne vacuna a naturalizar el consumo de carnes que, hasta hace poco, eran impensables o meramente marginales en nuestra cultura gastronómica.
El kilo de carne de burro a $7.500 se vende como un «beneficio para el bolsillo», pero esconde el fracaso estrepitoso de un modelo que ha pulverizado el poder adquisitivo.
No es un caso aislado. Esta «novedad» se suma a la proliferación de carnes que hoy ganan terreno no por elección, sino por descarte: cortes de carne de caballo que se filtran en las carnicerías baratas, el aumento del consumo de menudencias que antes se desechaban, y un reemplazo masivo por carne de pollo —que también empieza a ser prohibitiva— o cortes de cerdo de bajísima calidad.

La gestión nacional observa desde la Capital cómo el interior debe «inventar» qué comer. La crisis en la producción ovina y la falta de inversión en el campo no se solucionan criando burros para el matadero; se solucionan con políticas de fomento, control de la inflación y una mirada federal que no condene a la Patagonia al retroceso alimentario.
Presentar la carne de burro como una opción «magra y saludable» es un ejercicio de marketing para disfrazar el hambre. Es el «prende y apaga» de la dignidad nacional: mientras las luces del éxito financiero que el gobierno pregona encandilan a unos pocos, la mayoría de los argentinos debe decidir si el plato de hoy se parece más a una dieta de supervivencia que a la tradición que nos hizo grandes.
Al final del día, el debate no es cultural ni afectivo hacia el animal. El debate es político. Un país que cambia sus vacas por burros no está progresando; está siendo testigo de la degradación planificada de su calidad de vida bajo la mirada indiferente de quienes deberían garantizarnos el pan, y el asado, de cada día.




