Hay frases que se incrustan en la memoria colectiva de un país no por su belleza, sino por el frío que transmiten. En junio de 1959, el entonces ministro de Economía, Álvaro Alsogaray, se paró frente a las cámaras de televisión para anunciar un drástico plan de ajuste bajo una sentencia que quedó grabada a fuego en la historia argentina: «Hay que pasar el invierno». Décadas después, el eco de esa advertencia resuena con una vigencia asombrosa en el despacho del jefe del Palacio de Hacienda, Luis «Toto» Caputo.

El libreto económico parece repetirse, las promesas de una primavera floreciente se dilatan y el costo social, una vez más, recae sobre las espaldas de la ciudadanía.

El contexto en el que Alsogaray pronunció su famosa frase guarda simetrías espeluznantes con el panorama actual. En 1959, el gobierno de Arturo Frondizi enfrentaba una severa crisis de balanza de pagos, una inflación galopante y un fuerte déficit fiscal. La receta del ingeniero fue ortodoxa y fulminante: devaluación, congelamiento de salarios, fuerte aumento de las tarifas de los servicios públicos, desregulación de mercados y una agresiva apertura a los capitales extranjeros para lograr la estabilidad. Pasar el invierno significaba pedirle un sacrificio extremo a la población a cambio de una supuesta prosperidad que llegaría con el cambio de estación.

En la actualidad, la lógica que conduce el plan económico de Luis Caputo responde a la misma matriz ideológica. Con el objetivo irrenunciable del déficit cero y la baja de la inflación, el esquema ha profundizado una violenta recesión, caídas históricas en el consumo, pérdida de puestos de trabajo y el cierre sistemático de comercios y pymes. Al igual que Alsogaray, Caputo y la conducción actual recurren sistemáticamente a la retórica de la paciencia, prometiendo que los próximos meses van a ser los mejores que el país haya visto o que la luz al final del túnel llegará si se sostiene el esfuerzo, estirando los plazos de la esperada reactivación de semestre en semestre.

Trazar un paralelo entre Álvaro Alsogaray y «Toto» Caputo es observar a dos arquetipos del tecnócrata liberal argentino. Ambos desembarcaron en los ministerios con el aura de ser los únicos capaces de entender los mercados y de desarmar las bombas heredadas. Mientras Alsogaray se presentaba como el guardián de la ortodoxia y el orden frente al caos, Caputo es entronizado como el mago de las finanzas, el hombre que domina el lenguaje de Wall Street y los fondos de inversión.

Sin embargo, detrás de las diferencias generacionales y de estilo (Alsogaray utilizaba el pizarrón y la televisión en blanco y negro; Caputo prefiere las redes sociales y las conferencias ante el círculo rojo empresarial), ambos comparten la misma fe ciega en que el saneamiento de las variables macroeconómicas justifica la destrucción temporal del entramado socioproductivo. Para ambos, los indicadores de pobreza, el desplome de la actividad y el sufrimiento de los sectores más vulnerables son considerados simples costos colaterales e inevitables de una transición necesaria. La premisa de fondo es idéntica: la confianza de los inversores extranjeros y el mercado financiero es el único motor capaz de derramar bienestar hacia el resto de la sociedad.

La historia económica argentina también ofrece una dura lección sobre el desenlace de estos programas. El plan de estabilización de Alsogaray logró, en lo inmediato, frenar la inflación y estabilizar el dólar a costa de una enorme transferencia de recursos y una profunda recesión. Sin embargo, aquel milagro no se sostuvo en el tiempo. La asfixia social, el creciente descontento de las masas trabajadoras y las tensiones políticas terminaron minando las bases del gobierno.

Alsogaray tuvo que renunciar en 1961 acorralado por los planteos militares y la resistencia sindical, dejando una economía debilitada que desembocaría en el derrocamiento de Frondizi en 1962. El invierno se prolongó y la primavera prometida nunca llegó para las mayorías.

El actual plan económico corre el riesgo de mirarse en ese mismo espejo. Aunque el Palacio de Hacienda exhibe con orgullo el superávit fiscal y la desaceleración inflacionaria como banderas de éxito, el esquema actual muestra severas tensiones: el desempleo se siente en los barrios, el consumo interno no reacciona y las variables cambiarias siguen bajo una constante presión.

La historia demuestra que ningún plan de estabilización basado exclusivamente en el desierto recesivo y el ahogo del bolsillo popular es sostenible en el mediano plazo. Si la reactivación real no llega a la economía de a pie y el derrame se convierte en un mito eterno, el programa corre el riesgo de repetir el destino de su antecesor: convertirse en otra frustración histórica que, lejos de pasar el invierno, congeló las esperanzas de todo un país.

Por Marcelo Marsicano

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