Cada Día del Periodista nos invita a reflexionar sobre la profesión, pero pocas veces esa mirada obligatoria nos encuentra en un escenario tan hostil y complejo como el actual. Hoy, celebrar el oficio no es una cuestión de saludos protocolares; es, ante todo, un acto de resistencia frente a un ecosistema que intenta asfixiar la verdad desde múltiples frentes.
En primer lugar, es imposible ignorar el clima de época que se impone desde la cúspide del poder político. El presidente de la Nación y el espacio de La Libertad Avanza han instalado una alarmante retórica de hostilidad y descalificación sistemática hacia los trabajadores de prensa. Al invitar al «odio» público y señalar con nombre y apellido a quienes incomodan con una pregunta o una investigación, no solo se violenta la libertad de expresión, sino que se degrada el debate democrático, habilitando un linchamiento digital que muchas veces roza la violencia física.
Esta embestida discursiva se da, paradójicamente, en el peor momento económico para los medios de comunicación tradicionales. La asfixia financiera, la caída del consumo, los alarmantes niveles de precarización laboral y la quita de pautas oficiales han puesto en jaque la sostenibilidad de redacciones históricas. Sin recursos, la capacidad de investigar se reduce, y es precisamente allí donde el poder respira aliviado.
Para colmo, este vacío que dejan los medios formales está siendo colonizado por una preocupante proliferación de plataformas anónimas y perfiles sin identificación. Espacios que se disfrazan de medios informativos pero que operan como usinas de fake news, diseñados exclusivamente para manipular la opinión pública, instalar realidades paralelas y destruir reputaciones ajenas a base de algoritmos y sesgos.
Como si fuera poco, nos enfrentamos a una ya arraigada y nefasta costumbre de la clase política: culpar a la prensa de hacer «campaña en contra». Cuando un informe muestra el cierre de una fábrica, el aumento de la pobreza o la cruda realidad que vive la población en los barrios, la respuesta oficial ya no es la explicación o la gestión, sino la acusación paranoica de una supuesta operación mediática. Les resulta más fácil disparar contra el mensajero que hacerse cargo del mensaje.
A pesar de este panorama sombrío, el periodismo honesto sigue en pie. Por eso, en este día, queremos hacer llegar un saludo fraterno y una sincera felicitación a todos los medios locales, regionales y nacionales, y a cada uno de los colegas que —con el sueldo devaluado, bajo fuego cruzado y frente a las pantallas del agravio— se mantienen firmes en la lucha por informar. Su persistencia es la garantía de que, tarde o temprano, la realidad siempre termina ganándole a la ficción.



