El Gobierno ha intentado instalar un nuevo concepto en la narrativa económica local: el micropricing. Bajo este anglicismo, se esconde una estrategia de aumentos de combustible constantes, pequeños en apariencia pero implacables en el acumulado.
Lo que se presenta como una técnica de «ajuste quirúrgico» para no impactar de golpe en el índice de precios al consumidor (IPC), no es más que un goteo incesante que erosiona el poder adquisitivo de manera silenciosa y letal.
La lógica del micropricing se basa en la anestesia social. Al fragmentar el aumento en porcentajes que parecen marginales, el impacto psicológico inicial es menor que el de un «tarifazo» tradicional.
Sin embargo, para el ciudadano de a pie, la realidad es matemática: el combustible no es solo lo que se carga en el tanque del auto particular; es el insumo básico que mueve la logística de los alimentos, los insumos industriales y el transporte público. Un aumento «micro» en el surtidor se traduce, inevitablemente, en un aumento «macro» en las góndolas de los supermercados.
Resulta contradictorio que se hable de estabilización económica mientras se mantiene una indexación de hecho en uno de los principales costos de la cadena productiva.
El problema de esta estrategia es su previsibilidad negativa: las empresas, ante la certeza de que habrá un nuevo «microprecio» a la vuelta de la esquina, prefieren cubrirse de antemano, alimentando una inercia inflacionaria que el propio Gobierno dice querer combatir.
Además, este esquema traslada toda la incertidumbre al eslabón más débil de la cadena. El trabajador que depende de su vehículo o el pequeño transportista no tienen la capacidad de planificación financiera que sugiere un término tan sofisticado. Para ellos, no hay «micro» en el costo: hay una pérdida real de rentabilidad y una presión constante sobre un bolsillo que ya no admite más filtraciones.
En última instancia, el micropricing parece ser más una herramienta de marketing político que una solución económica de fondo. Es el arte de subir la temperatura del agua tan lentamente que la rana no se da cuenta de que se está cocinando. Pero al final del día, cuando el vecino de Berisso o de cualquier ciudad del país mira el total de sus gastos mensuales, descubre que la suma de esos pequeños goteos ha terminado por desbordar un presupuesto que ya estaba al límite.




