Cada 11 de septiembre la Argentina se viste de gala institucional para rendir tributo a Domingo Faustino Sarmiento y, por extensión, a esa legion de valientes que todos los días se paradas frente a un aula. Nos ponemos solemnes, desempolvamos el busto del «Padre del Aula», encendemos el reproductor para que suene el himno a Sarmiento y redactamos discursos emotivos sobre «el rol fundamental de la educación en el futuro de la patria».

Es una ceremonia hermosa, casi perfecta. Lástima que dura 24 horas y al día siguiente la realidad vuelve a golpear el guardapolvo.

Rememorar a los maestros en su día es, antes que nada, un ejercicio de admiración hacia una vocación que linda con el heroísmo sin capa. Hablamos de personas que no solo enseñan a sumar, a analizar oraciones o a entender la Revolución de Mayo. Hablamos de profesionales que hacen malabares para mantener la atención de treinta o cuarenta chicos formados en la era del scroll infinito y TikTok, armados únicamente con un marcador de pizarra que muchas veces se está quedando sin tinta —y que, por supuesto, pagaron de su propio bolsillo—.

Porque si hay algo que define al docente argentino contemporáneo, además de su paciencia infinita, es su increíble capacidad de ingeniería doméstica. El maestro promedio no solo domina la pedagogía; es un experto en economía de guerra, logística de insumos y contorsionismo presupuestario.

Y es aquí donde la emotividad del efeméride se topa de frente con la ironía cotidiana.
Nos encanta llenar las redes sociales con frases trilladas sobre cómo «los maestros moldean el mañana», pero a la hora de pagar la factura del presente, la sociedad y los gobiernos de turno parecen coincidir en un diagnóstico insólito: al parecer, los docentes fotosintetizan. O tal vez se alimentan de la satisfacción del deber cumplido y pagan el alquiler con la sonrisa de sus alumnos.

Es fascinante observar el consenso político alrededor de la educación. Todos los gobiernos —absolutamente todos, sin importar el color de la boleta o la bandera del momento— se llenan la boca hablando de la educación como la «columna vertebral de la nación». Sin embargo, cuando llega el momento de la discusión salarial, esa columna vertebral parece tratarse como un costo prescindible. Las paritarias docentes se han convertido en un deporte nacional de alto riesgo, una danza anual donde las promesas abundan, los aumentos llegan con rezago frente a la inflación y el poder adquisitivo se encoge más rápido que tiza bajo el agua.

Hoy, un porcentaje alarmante de maestros vive en la cultura del pluriempleo extremo. Corren de una escuela a otra con el bolso a cuestas, corrigiendo exámenes en el colectivo o comiendo un sándwich frío en una sala de profesores mientras piensan cómo llegar a fin de mes. Eso no es «pasión por enseñar»; es pura supervivencia física.

Pero el reproche no es exclusivo para la clase política. La sociedad entera tiene su cuota de responsabilidad en este sainete. Hemos pasado de la época en que la palabra del maestro era sagrada en el hogar a una era donde el docente es visto, en el mejor de los casos, como un prestador de servicios al que se le exige la resolución de todos los males sociales, y en el peor, como el culpable de que el nene no apruebe si se pasa el día mirando el celular. Exigimos educación de calidad nórdica pero aceptamos infraestructura de descarte y salarios que rozan el absurdo.

Celebrar el Día del Maestro no debería ser un trámite anual para dejar tranquila la conciencia colectiva antes de volver a discutir si la escuela abre o cierra.
Rememorar a las maestras y maestros de la Argentina exige algo más profundo que un aplauso o una tarjeta en el grupo de WhatsApp de papás. Exige reconocer que la dignidad docente no se mide en estrofas poéticas, sino en condiciones de trabajo dignas, en aulas que no se vengan abajo y en sueldos que permitan a un profesional vivir de su trabajo sin tener que hacer milagros los últimos diez días del mes.

Mientras tanto, a todos los docentes que hoy celebran su día entre planificaciones, tazas de café recalentado y la inquebrantable vocación de seguir enseñando a pesar de todo: feliz día. Se merecen el monumento, el aplauso y, sobre todo, un recibo de sueldo a la altura de semejante hazaña.

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