El «Poltro», como lo conocen sus allegados, es el único soldado conscripto vivo que ostenta la Cruz al Heroico Valor en Combate, la máxima distinción militar de la República Argentina. Su gesta en el Monte Dos Hermanas no solo es un relato de destreza táctica, sino una lección de entrega absoluta por el prójimo que trasciende cualquier uniforme.

Durante la batalla final en junio de 1982, mientras las tropas británicas avanzaban con una superioridad numérica y de fuego abrumadora, Poltronieri tomó una decisión que cambiaría su vida y salvaría la de cientos de compañeros. Siendo operador de una ametralladora MAG, se plantó solo frente al avance enemigo. Al ver que su sección estaba por ser aniquilada, gritó una frase que quedó grabada en la historia: «Váyanse ustedes, que tienen hijos; yo no tengo a nadie».

Con esa premisa, cubrió la retirada de más de cien soldados argentinos, incluidos todos sus superiores, operando su arma con una precisión tal que los británicos creyeron estar enfrentando a una compañía entera.

El ejemplo de Poltronieri en el campo de batalla fue de una valentía casi suicida. Cambiaba de posición constantemente para no ser detectado por los morteros, arrastrándose entre las piedras de las islas mientras las balas trazantes le pasaban a centímetros.

Resistió durante horas, algunos sostienen que fueron más de diez, permitiendo que sus camaradas se pusieran a resguardo en Puerto Argentino. Su sacrificio no fue por una estrategia geopolítica, sino por el amor a los «hermanos» que el destino le había puesto al lado en las trincheras.

Sin embargo, el regreso al continente mostró la faceta más ingrata de la posguerra. Poltronieri, el héroe que hasta los ingleses admiraron al finalizar el conflicto, regresó a una Argentina que le dio la espalda.

Durante años vivió en la extrema pobreza, vendiendo baratijas en los trenes para poder comer. Aquel hombre que había frenado él solo a un batallón de Royal Marines, se encontraba ahora luchando contra la indiferencia de un Estado que lo desmalvinizó y lo sumergió en el olvido.

Incluso en la desesperación, su ejemplo de integridad se mantuvo firme: nunca utilizó su medalla para buscar privilegios, sino que trabajó de lo que pudo, desde recolector de residuos hasta empleado en el Mercado Central.

Hoy, la vida de Oscar Poltronieri ha encontrado un cauce más sereno, trabajando en el Campo de Mayo y siendo reconocido finalmente por la sociedad. Su legado es un faro de humildad. Poltronieri no se considera un Rambo, sino un hombre que hizo lo que debía hacer.

Su historia nos enseña que el verdadero heroísmo no reside en la búsqueda de gloria, sino en la capacidad de postergar el propio bienestar e incluso la propia vida en favor del otro.

En un mundo a menudo individualista, el ejemplo del soldado que se quedó solo para que otros pudieran volver a ver a sus hijos sigue siendo la lección más potente que nos dejó la turba de Malvinas.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *