En el espacio, nadie puede oír tus quejas, a menos que seas un astronauta de la misión Artemis II y el inodoro de última generación, desarrollado durante décadas con titanio impreso en 3D, decida declararse en huelga apenas dos horas después del despegue.

La flamante nave Orion, que lleva a la humanidad de regreso a las cercanías de la Luna, experimentó un momento de tensión digno de una comedia de enredos cuando una luz intermitente le avisó a la especialista Christina Koch que el Sistema Universal de Gestión de Residuos tenía otros planes.

Aunque el inconveniente técnico permitía «el número dos» (o sea defecar), bloqueaba «el número uno» (hacer pipí), ante ello el equipo en tierra y la tripulación tuvieron que arremangarse en una sesión de fontanería orbital de seis horas para evitar que la misión más ambiciosa de la NASA terminara recurriendo a las famosas y poco glamorosas bolsas de plástico que usaban Neil Armstrong y Buzz Aldrin.

Afortunadamente para los cuatro valientes que viajan más lejos que cualquier otro ser humano en la historia, el problema se resolvió justo a tiempo para evitar que los residuos se convirtieran en el pasajero no deseado de la cabina.

A diferencia de sus colegas en la Estación Espacial Internacional, que viven bajo el lema de que «el café de hoy es el café de mañana» debido al reciclaje extremo de orina, los tripulantes de la Artemis II tienen el consuelo de que, por ser un viaje corto de diez días, solo almacenarán los desechos sin tener que bebérselos después.

Tras este susto técnico, el inodoro con puerta para mayor privacidad —un lujo impensado en los años 60— volvió a la normalidad, demostrando que incluso con la tecnología más avanzada de la NASA para conquistar Marte, el éxito de la exploración espacial a veces depende simplemente de que el baño no se tape en el momento menos oportuno.

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