La crisis del transporte público en la región ha alcanzado un punto de máxima tensión para los miles de usuarios que dependen diariamente de las líneas 202, 214, 275, 307 y otras.
En los últimos meses, el panorama se ha vuelto desalentador: el incremento constante en el valor del boleto, impulsado por la quita de subsidios y el aumento de los costos operativos, no se ha traducido en una mejora del servicio, sino en una degradación evidente que afecta la calidad de vida de los vecinos.
La suba de la tarifa representa hoy un impacto directo y doloroso en los salarios de los trabajadores y estudiantes de la zona. Lo que antes era un gasto cotidiano manejable, ahora obliga a muchas familias a recortar otros consumos básicos para poder garantizar la movilidad.
Sin embargo, el malestar no termina en el costo económico; el mayor reclamo se centra en la drástica caída de la frecuencia. Las esperas en las paradas de la Avenida Montevideo o en los accesos a los barrios periféricos se han vuelto interminables, superando en muchos casos los cuarenta minutos.
Esta reducción en la cantidad de unidades en la calle genera un efecto dominó que perjudica la seguridad y la puntualidad. Al pasar menos colectivos, las unidades llegan a las zonas céntricas completamente saturadas, lo que provoca que los choferes no se detengan y dejen a los pasajeros a pie, prolongando aún más la incertidumbre.
La situación es especialmente crítica durante las primeras horas de la mañana y por la noche, cuando la falta de cumplimiento de los horarios deja a los vecinos expuestos en paradas con escasa iluminación.
En Berisso, por ejemplo, una ciudad con una geografía alargada y dependiente de sus conexiones con La Plata y la zona industrial, el transporte no es un lujo sino una necesidad básica.
Mientras las empresas argumentan dificultades financieras por el precio del combustible y los repuestos, la comunidad exige que el esfuerzo económico que hacen los pasajeros al pagar un boleto cada vez más caro sea compensado con un servicio digno que cumpla con los recorridos y horarios establecidos. Por ahora, el usuario berissense sigue atrapado en una ecuación deficiente: paga más por viajar peor.




