Hay una hora señalada. Las cuatro de la tarde en cada rincón de nuestra patria, las tres en el cemento frío y colosal de Nueva Jersey. El aire se corta con un cuchillo y el pecho se angosta. No es un partido más. Nunca lo es cuando la camiseta celeste y blanca sale a la cancha, pero lo de este domingo trasciende la lógica del juego. Argentina frente a España. El campeón defensor cara a cara con la frescura europea, en una final del mundo que se siente como el capítulo definitivo de un libro sagrado.Para nosotros, los que medimos la vida en mundiales, este partido tiene la densidad de los mitos. Es, antes que nada, la última función en la tierra de Lionel Andrés Messi.

El destino, caprichoso y poético, le regala una tercera final mundialista. Ya no tiene nada que demostrar; hace tiempo que se sentó en el Olimpo de los mejores de la historia. Pero verlo ahí, con la cinta de capitán, arrastrando las piernas con el alma de un pibe de potrero y frotando la lámpara en los momentos donde el abismo acecha —como en esa noche agónica contra Inglaterra en Atlanta— nos estruja el corazón. Sabemos que es el final del viaje. Que cada gambeta es un segundo menos de felicidad eterna y que el fútbol, después de él, será un lugar un poco más gris, más mundano.

Y en esa mística que nos envuelve, es imposible no mirar al cielo. Diego Armando Maradona juega con nosotros. Está ahí, flotando en el viento que cruzará el MetLife Stadium, en los rezos silenciosos de los viejos, en los pibes que lo heredaron sin haberlo visto. El recuerdo del Pelusa no es nostalgia barata; es el motor de nuestra rebeldía. Porque si algo nos enseñó el Diego, es a hacernos gigantes cuando el viento sopla de frente.

Y vaya si sopla de frente esta vez. En los últimos días, las redes sociales y los micrófonos de los grandes centros de poder se han transformado en un festival de discursos cargados de recelo, una campaña feroz empeñada en desmerecer nuestro derecho a la gloria. Nos acusan de sufrir de más, de la «antigua locura argentina», de no encajar en los manuales de la pulcritud estética que hoy pretenden imponer. Les molesta nuestra pasión desbordada, les molesta que sigamos de pie tras batallar en prórrogas imposibles frente a Cabo Verde y Suiza, les duele en el orgullo que la Scaloneta no se rompa ante la adversidad. Que digan lo que quieran. Que sigan tecleando detrás de una pantalla mientras un país entero se abraza en un solo grito. Esa resistencia externa no hace más que alimentar el fuego sagrado de un plantel que juega por la camiseta y por su gente.

España llega con la chapa de un funcionamiento aceitado, un único gol en contra y nombres que asustan a la Europa moderna. Es un digno rival para una batalla épica. Pero ellos juegan al fútbol; nosotros nos jugamos la vida.

Llegó el momento. Que la pelota ruede y que el mundo observe cómo un pueblo herido, hermoso y apasionado se hamaca entre el sufrimiento y la gloria eterna. Que sea por Lio, que sea por el Diego, que sea por la cuarta estrella. ¡Vamos Argentina, carajo!

La final de la Copa del Mundo se disputará este domingo 19 de julio a las 16:00 hora argentina (21:00 hora española) en el MetLife Stadium de Nueva Jersey, bajo el arbitraje del esloveno Slavko Vincic.

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