De paso por Nueva York con motivo de la Asamblea General de la ONU, el presidente Javier Milei sorprendió a los analistas al afirmar ante inversores que a la Argentina «le salen los dólares por las orejas». La frase —con una retórica más cercana a un boom exportador petrolero que a un país atrapado en una prolongada tensión financiera— pretendía ilustrar las proyecciones de superávit comercial. Sin embargo, el aterrizaje de las cifras oficiales sobre el suelo argentino fue estruendoso.
Apenas horas después del discurso triunfalista en la Gran Manzana, el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC) desnudó la fragilidad social de un plan económico que no logra impactar en los ingresos de la mayoría golpeada: la pobreza trepó al 32,3% en el primer semestre, interrumpiendo la tendencia a la baja que se había insinuado el año anterior. En términos absolutos, cerca de 1,5 millones de personas cayeron bajo la línea de pobreza en la primera mitad de este año.
El descalce conceptual planteado por Milei genera perplejidad tanto entre consultores privados como en la opinión pública. La paradoja resulta evidente: mientras el Gobierno alardea de la acumulación comercial y los saldos positivos del sector primario o energético, la microeconomía doméstica atraviesa una marcada parálisis. Los datos revelan que la encrucijada actual es atípica en la historia reciente argentina, marcada por una fuerte erosión de los ingresos reales donde las canastas básicas de alimentos y servicios crecieron por encima del ingreso familiar.
Economistas de la plaza local remarcan que se trata de uno de los pocos momentos históricos en los que la pobreza se incrementa sin la mediación de un fogonazo devaluatorio o una crisis cambiaria estruendosa. El fenómeno responde, lisa y llanamente, al ahogamiento de la demanda agregada y al ajuste en los precios relativos (tarifas y combustibles) que pulverizaron el presupuesto de las familias. En simultáneo con el reporte social, la Estimación Mensual de la Actividad Económica (EMAE) registró una abrupta contracción cercana al 3% mensual, confirmando que la recesión técnica no es una amenaza abstracta, sino el marco en el que operan comercios e industrias desmanteladas.
Resulta peligroso para la estabilidad social que el equipo económico insista en diagnosticar la abundancia cuando las variables cotidianas marcan indigencia o carencia severa. Cuando Milei afirma que el dilema macroeconómico actual radica en qué hacer frente a la avalancha de divisas, omite intencionadamente la contracara: los dólares de las exportaciones primarias e hidrocarburíferas no derraman en el mercado interno. Funcionan como una economía de enclave exportador que no genera empleo formal ni compensa la recesión del comercio, la construcción y la pequeña industria nacional.
En la estrategia de comunicación del oficialismo, los reveses semestrales son presentados como baches temporales o desviaciones estacionales de la macroeconomía. Pero para el comerciante golpeado por la baja en las ventas, para las PyMEs sin crédito y para los millones de argentinos que quedaron del lado de la pobreza, el metálico idilio financiero que el Presidente expone ante los inversores extranjeros se parece cada vez más a una ironía desgastante.




