La inminente salida de Manuel Adorni de la Jefatura de Gabinete es Voz Populi en todo el Círculo Libertario y expone, una vez más, las profundas fracturas internas y la alarmante desprolijidad con la que el Gobierno nacional administra sus crisis políticas. Lo que se pretendía presentar como una transición ordenada hacia la designación de Diego Santilli no es más que el resultado de un feroz internismo, errores no forzados y un avance judicial que el oficialismo no supo ni pudo contener. Ayer Miley «banca a a muerte» hoy le hace las valijas.

«Con una carta de renuncia ya redactada, las horas del funcionario están contadas, dejando al descubierto el costo de la soberbia en la comunicación gubernamental» escribe infobae en una nota, casi de despedida al ex vocero.

El detonante técnico de la caída de Adorni provino del riñón de la mesa política libertaria, impulsado con vehemencia por la senadora Patricia Bullrich. La falta de sintonía fina y la insólita desconexión dentro del oficialismo quedaron en evidencia cuando el Jefe de Gabinete se ofreció públicamente a brindar su informe de gestión en el Senado, ignorando por completo la estrategia de Bullrich de evitar un desgaste innecesario en la Cámara Alta.

Las airadas quejas de la senadora y su posterior maniobra para vaciar el quórum y frenar la interpelación dejaron en claro que el funcionamiento del bloque oficialista y sus aliados pende de un hilo. Lejos de primar la organicidad, la decisión de desplazarlo se cocinó bajo la presión de plazos límites y un ultimátum que la hermana presidencial, Karina Milei, terminó acatando ante la insostenible realidad de que la permanencia del ministro ponía en riesgo el nexo con el Poder Legislativo.

Más allá de las disputas de poder, el derrumbe de Adorni se explica por su propia impericia en la gestión pública. En los pasillos de la Casa Rosada no ocultan el fastidio por su acumulación de desatinos: desde las demoras injustificables en la presentación de su declaración jurada hasta apariciones mediáticas contraproducentes que desoyeron los consejos de su propio entorno.

Su gestión confió erróneamente en que el cargo funcionaría como una suerte de salvaguarda judicial frente al avance del fiscal Gerardo Pollicita, un grosero error de cálculo político que no hizo más que alimentar el asedio mediático y acelerar las declaraciones de testigos ante la Justicia. El desorden llegó a tal punto que, en las últimas jornadas, el equipo de comunicación saliente se quedó sin oficinas propias y debió abandonar sus puestos de trabajo antes de tiempo.

Mientras el presidente Javier Milei regresa de su viaje por España para sellar la dimisión en Olivos, la administración libertaria se apura a improvisar una transición rápida para el lunes, intentando maquillar con urgencia el fracaso de una de sus figuras más expuestas.

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