El dolor, la venganza y la furia se confunden en la habitación del Hospital Regional de Comodoro Rivadavia. Conectado a un tubo de tórax y recuperándose de un balazo en el abdomen, Luis Damián Uribe tiene los ojos fijos en la pantalla de su teléfono. No piensa en denunciar ni en confiar en la Justicia; su cabeza funciona bajo los códigos de la calle. A través de su cuenta de Facebook, el hombre de 30 años lanzó una promesa de venganza que heló la sangre de quienes la leyeron: “Yo no hago denuncia, agárrense bien el o… que les voy a extinguir a toda su familia”.
Una semana antes, la vida de Uribe cambió para siempre en un segundo de extrema violencia. Aquella tarde, el hombre llegó a la casa de un conocido del ambiente delictivo para reclamar una deuda económica, una «parte» de un botín tras un megaoperativo policial reciente. La respuesta del deudor fue letal. “Acá tenés tu parte”, escuchó Uribe, antes de que el agresor levantara un arma y le disparara directo a la cabeza a Mariana Soledad Calfuquir, de 33 años, quien esperaba pacientemente dentro del auto.
El horror paralizó a Uribe en el acto. “Pará, ¿por qué la mataste? Dejame ir”, llegó a suplicar, desesperado al ver a su pareja desvanecerse. Pero el atacante no tenía intenciones de dejar cabos sueltos: “Andate con este regalito”, le contestó, antes de gatillarle al estómago.
Como pudo, ensangrentado y con las últimas fuerzas que le quedaban, Uribe tomó el volante y manejó durante varios minutos en un intento desesperado por salvar sus vidas. Detuvo la marcha frente a la Seccional Séptima del barrio Abásolo para pedir ayuda. Cuando los policías se acercaron al coche, descubrieron que ya era tarde para Mariana; el disparo en el cráneo había sido mortal. En el hospital, la tragedia se volvió todavía más oscura cuando Uribe confirmó en las redes sociales lo que los médicos ya sabían: Mariana estaba embarazada. “Manga de antis, me mataron a mi señora y a mi hijo, ahora ajo y agua”, escribió con la crudeza de la pérdida.
Mariana era madre de dos hijos, trabajaba haciendo delivery, vendía comida y manejaba un Uber. Quienes la conocían la recordaban como una buena chica, trabajadora y sin antecedentes, pero que «cambió» al ponerse en pareja con Uribe. Ahora, mientras la policía intenta desenterrar los vínculos detrás de este ajuste de cuentas, el sobreviviente se niega a romper el pacto de silencio ante los investigadores. Prefiere la ley del talión. Compartiendo una foto desde la cama del hospital, rodeado de cables y vendas, Uribe cerró su última advertencia con una promesa de muerte: “Así me dejaron, pero ustedes se van para el cajón y los re pago. Por mi familia mato y muero. Siempre voy a ser bandido, ladrón y asesino con los que se la mandaron, jamás vigilante”.




