Mientras las postales de la crisis en Berisso se vuelven cada vez más crudas, con vecinos que recorren los contenedores de basura buscando un resto de comida para terminar el día, la gestión de Fabián Cagliardi parece habitar una realidad paralela.
La reciente confirmación de una inversión multimillonaria para la «puesta en valor» del Palacio Municipal (ex Hilandería) ha despertado una indignación que crece al ritmo de las necesidades básicas insatisfechas en los barrios.
A través de la Resolución del Ministerio de Infraestructura y Servicios Públicos de la Provincia, se autorizó el llamado a la Licitación Pública N° 15/2026 para la creación de la «Casa de la Provincia» en el edificio comunal de calle 6 y 166. La cifra es, cuanto menos, obscena para el contexto local: el presupuesto oficial total asciende a $7.577.964.815,56, incluyendo fondos específicos para «embellecimiento» y dirección de obra.
Resulta difícil explicarle al vecino de Berisso que el Estado dispone de una suma astronómica para arreglar una fachada administrativa, mientras los centros de salud carecen de insumos y el hambre se ha vuelto una constante en la periferia. Esos más de 7.500 millones de pesos se destinarán a un edificio que ya está en pie, una prioridad invertida que choca de frente con la realidad de las familias que subsisten gracias a comedores comunitarios desbordados o rebuscando entre los desechos.
La obra del Palacio Municipal se suma a un historial de gestión bajo la lupa. Fabián Cagliardi ha hecho de los anuncios su principal estandarte, pero la realidad en el territorio muestra una ciudad estancada y llena de «esqueletos» de concreto. Gran parte de la red vial se encuentra en un estado de abandono total, con baches que son trampas mortales, mientras que obras clave como jardines de infantes y centros escolares han quedado a mitad de camino, dejando a cientos de niños sin espacios adecuados.
La licitación establece un plazo de ejecución de 540 días corridos. Es decir, durante casi un año y medio, el flujo de dinero estatal se concentrará en refaccionar oficinas, sin pavimentar las calles que se inundan ni garantizar el plato de comida en la mesa de los más vulnerables.
Esta «puesta en valor» parece ser, en realidad, el monumento a una gestión que prioriza el cemento estético y la burocracia por sobre las urgencias de una ciudad que, literalmente, no tiene para comer.




