La industria de la indumentaria en Argentina atraviesa un desierto que parece no tener fin. Mientras el discurso oficial intenta maquillar una realidad económica asfixiante, los números de la Cámara Industrial Argentina de la Indumentaria (CIAI) desnudan el fracaso de un modelo que ha pulverizado el consumo interno.
El último bimestre cerró con una caída interanual de las ventas del 8,4%, consolidando una tendencia negativa que ya arrastra dos años de agonía.
El informe es una radiografía del deterioro social y productivo. El 63% de las empresas del sector reportó bajas en sus ventas, un dato que no es más que el reflejo de una sociedad que ya no consume porque no puede. En un país donde más de la mitad de los hogares debe endeudarse para subsistir y no llega a fin de mes, la ropa ha pasado de ser una necesidad básica a un lujo inalcanzable.
La caída de la demanda es hoy la principal preocupación para ocho de cada diez empresas, una señal de alarma que el Gobierno parece ignorar en su afán por un equilibrio fiscal que solo cierra con la gente afuera.
La situación financiera de las fábricas es desesperante. El «estrés financiero» se ha vuelto la norma: ocho de cada diez compañías enfrentan problemas en la cadena de pagos, y los atrasos ocasionales se duplicaron en apenas dos meses, afectando ya al 60% del sector.
En este escenario, las empresas se encuentran atrapadas en una pinza mortal: no pueden trasladar sus costos a precios porque el mercado está muerto, lo que destroza sus márgenes de rentabilidad y genera una acumulación de stock excesivo que alcanza el 50%, el nivel más alto registrado desde 2024.
Como era de esperar, este esquema de recesión inducida ya está pasando factura al empleo. El ajuste ya no es una abstracción estadística, sino que tiene nombres y apellidos: el 21% de las decisiones empresariales sobre sus plantillas ya son despidos directos, mientras que otro 25% opta por la no reposición de personal. Con expectativas económicas que viran hacia lo «malo» y «muy malo», la industria textil argentina hoy no solo lucha contra la inflación o los costos, sino contra una política económica que parece haber decidido que la producción nacional es un daño colateral aceptable.




