El desmantelamiento de los íconos del consumo popular argentino ha sumado un capítulo negro bajo la gestión de Javier Milei. La reciente confirmación de que la familia Mastellone y el fondo Dallpoint cedieron el control total de La Serenísima a la alianza entre Arcor y la multinacional Danone no es un simple movimiento de acciones; es el certificado de defunción de una era empresarial nacional, asfixiada por una política económica que ha pulverizado el mercado interno.

Mientras el relato oficial intenta disfrazar estas operaciones como procesos de «eficiencia» o «inversión», la realidad en las góndolas y en los balances contables cuenta una historia de claudicación y retroceso.

La caída de La Serenísima es el resultado directo de una pinza mortal: costos financieros insoportables y un desplome del consumo masivo que ya duplica las peores cifras de la era Macri. Según los últimos reportes, la principal láctea del país arrastra pérdidas financieras que superan los $28.000 millones, un rojo que se volvió inmanejable ante la imposibilidad de trasladar los costos a una población cuyos salarios pierden mes a mes contra la inflación.

El ajuste libertario ha llegado hasta el vaso de leche: con una caída en las ventas de lácteos superior al 5% interanual en 2026, la empresa se vio forzada a una concentración extrema para no quebrar, dejando el destino de la nutrición básica de los argentinos en manos de un holding que ahora ostenta un poder de mercado peligroso tanto para el productor tambero como para el consumidor final.

En sintonía con este escenario de tierra arrasada, Bagley —histórico estandarte de las meriendas argentinas hoy bajo el ala de Arcor— también refleja las cicatrices del modelo. La categoría de productos «impulsivos», que incluye golosinas y galletitas, registró derrumbes cercanos al 10% en los supermercados durante el primer bimestre de 2026. Cuando la gente deja de comprar galletitas o restringe el acceso a la leche, no está haciendo un «sacrificio por la libertad», sino que está exponiendo el fracaso de un programa económico que destruye el entramado industrial y la identidad del consumo local.

La desaparición de los apellidos fundadores en el control de estas empresas es el símbolo final de un país que se achica, donde las marcas que forjaron la clase media pasan a ser piezas de un ajedrez financiero global mientras la mesa de los argentinos se queda vacía.

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