En un giro que nadie, absolutamente nadie, pudo prever, el núcleo duro del gobierno que juró exterminar la corrupción se ve salpicado por una investigación por presuntas coimas. La trama, con sabor a déjà vu, tiene a la primera hermana y al presidente en un rol de espectadores tan pasivos que casi parecen muebles de diseño.

El relato era perfecto: un iluminado anarcocapitalista y su escudera personal, hermana y alter ego, llegaban a romper el molde de la política tradicional. La «casta» temblaba. Los mercados aplaudían. Los perros se ponían de luto. Pero el guion, al parecer, fue escrito por el mismo autor de «Casa de Papel»: prometía mucho y terminó en un enredo inexplicable con un líder que delegó hasta su propia voluntad.

La investigación, llevada adelante por un juez que no leyó el libreto de la «revolución de la libertad», gira en torno a la presunta venta de favores y contratos dentro del ámbito del Ministerio de Capital Humano (antes Desarrollo Social, pero con otro branding). La pieza central: Karina Milei, «la jefa» de facto, el poder detrás del trono, la hermana que, según las fuentes, manejaba los hilos de los nombramientos y las decisiones con la precisión de un director de orquesta… o de una manager de rock.

Mientras su hermana y entorno directo gestionaban (o eso se investiga) los asuntos terrenales, el presidente Javier Milei aparecía en otra dimensión. Su rol, según sus voceros más fieles, era el de un gran pensador, un filósofo rey anclado en debates macroeconómicos con Milton Friedman en el más allá y giras internacionales para salvar a Occidente. Las mezquinas transacciones de la política criolla le quedaban chicas. Tan chicas que, al parecer, ni las veía.

La pregunta que recorre la City porteña no es «¿lo sabía?», sino «¿le importaba siquiera saberlo?». La delegación total de la administración en su hermana lo pinta no como un maestro manipulador, sino como un líder tan distante que su gobierno podría haberse convertido en un reality show sin que él se enterara.

Karina, por su parte, pasó de ser la sombra poderosa y el único ser humano en quien el Presidente confía, a tener que confiar en un buen abogado. Su defensa, previsiblemente, es un calco de todos los gobiernos anteriores que tanto criticaron: «es una persecución política», «la casta no se rinde», «los jueces son unos zurdos». El guion, otra vez, es tan viejo que tiene olor a naftalina. La ironía es tan densa que se puede cortar con un cuchillo.

Desarrollar la posibilidad de que ambos vayan a prisión es el ejercicio de ficción especulativa más audaz desde que Milei prometió dolarizar en tres meses.

  1. La Justicia Argentina: El camino de una investigación por corrupción de alto nivel en Argentina es un laberinto con salida garantizada. Demoras, recursos, prescripciones, impugnaciones. Es el deporte nacional institucional. La probabilidad de que un expresidente y su poderosa hermana terminen tras las rejas es ligeramente mayor a la de que Milei admita que se equivocó en algo, pero en la misma escala.
  2. El Escudo de la Inmunidad y la Política: Mientras sea presidente, Milei tiene un escudo de inmunidad procesal (privilegio que, irónicamente, disfruta la «casta» política). Para que eso caiga, se necesitaría un juicio político (un impeachment) con un apoyo político que, hoy por hoy, no existe. La oposición es fragmentada y parte de ella ya pactó con el Gobierno.
  3. El Relato vs. La Realidad: Aún si la evidencia fuera abrumadora (algo rarísimo en estos casos), el gobierno y sus medios afines activarían la máquina de guerra comunicacional: «Persecución», «Golpe institucional», «Los pobres jueces quieren frenar la liberación». Un sector duro de la sociedad les creería, porque el relato de víctima es más fuerte que cualquier fact-checking.

El caso expone la gran paradoja mileista: se autoproclamó la solución a un sistema podrido, pero su operación interna replicó sus peores vicios: el nepotismo extremo, la opacidad y la concentración de poder en un círculo íntimo e inescrutables.

¿Irán a prisión? En un país serio, con instituciones firmes, estarían ambos declarando sin derecho a la mentira. En la Argentina, lo más probable es que el escándalo se diluya en el ruido de los pases de motos, los recortes de planes sociales y los próximos shows televisivos del Presidente. La verdadera condena, si la hay, no será carcelaria. Será histórica: quedarán para siempre como los que prometieron el cielo libertario y terminaron cocinándose en la misma grasa de la que decían salvarnos. Un final previsible para una revolución que, al primer choque con la realidad, mostró que su ropaje de héroe era de cartón pintado.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *