La figura de Antonio Mamerto Gil Núñez, el Gauchito Gil, se recorta contra el horizonte correntino como una mezcla de rebeldía y santidad que desafía el paso del tiempo.

Su historia real comienza a mediados del siglo XIX, en un contexto de guerras fratricidas y lealtades políticas marcadas a fuego. Gil era un peón de campo, un hombre de trabajo, hasta que la Guerra de la Triple Alianza y los enfrentamientos internos entre los «Colorados» y los «Celestes» lo obligaron a tomar una decisión.

Cuenta la leyenda que, tras haber combatido en el frente, el Gauchito tuvo una revelación en un sueño: el Dios de los cristianos le pidió que no derramara más sangre de sus semejantes. Así, cuando fue convocado nuevamente para luchar en la guerra civil correntina por el coronel Juan de la Cruz Salazar, decidió desertar, convirtiéndose automáticamente en un criminal ante los ojos del Estado.

Durante su tiempo como fugitivo, Gil no se dedicó al simple bandidaje, sino que se transformó en un protector de los desposeídos. Se dice que tenía el don de la sanación y que utilizaba su conocimiento del campo para evadir a las partidas policiales, siempre ayudando a los peones rurales que, a cambio, lo ocultaban y lo alimentaban.

Esta etapa de su vida cimentó su fama de «vengador civil», un hombre que robaba a los estancieros poderosos para repartir el botín entre los más necesitados, ganándose un respeto que rozaba la devoción incluso antes de su muerte. Sin embargo, la traición o el cansancio de la huida permitieron que fuera capturado mientras dormía después de una noche de baile y festejos.

El momento definitivo de su leyenda ocurrió en el cruce de caminos cerca de Mercedes. Al ser un hombre muy querido, nadie quería ejecutarlo. Finalmente, fue colgado de los pies en un árbol de espinillo, ya que existía la creencia popular de que el Gauchito, al ser un «protegido», no podía morir por balas. Antes de que el sargento a cargo le degollara, Gil lo miró a los ojos con una calma sobrenatural y le dijo que su sangre serviría para salvar a un inocente. Le advirtió que al llegar a su casa encontraría a su hijo moribundo y que, si invocaba su nombre y rezaba por él, el niño viviría.

El sargento, tras cumplir la orden de ejecución, regresó a su hogar y encontró el panorama vaticinado. Desesperado, se arrodilló, pidió perdón al gaucho que acababa de matar y rogó por la salud de su hijo. El milagro se cumplió antes del amanecer, y fue ese mismo verdugo quien regresó al lugar de la ejecución para darle una sepultura digna, plantando la primera cruz de madera que daría origen al santuario que hoy recibe a millones de personas.

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