En la ciudad de Berisso, la matemática del intendente Fabián Cagliardi parece desafiar las leyes de la lógica y, fundamentalmente, las de la justicia social. Tras tres meses de una agonía salarial sostenida por «bonos» de contingencia —cien mil pesos en enero y cincuenta mil en los meses subsiguientes—, la tan mentada y esperada paritaria municipal finalmente cerró, pero el resultado es un golpe de gracia al bolsillo del trabajador: este mes, gran parte de la familia municipal cobrará menos que el mes pasado.
El acuerdo, bendecido por gremios que parecen haber olvidado el camino de la lucha para sentarse cómodamente a la mesa del poder, otorga un incremento real de apenas 24 mil pesos para las categorías más bajas. En la práctica, esto representa un retroceso nominal frente a los bonos que venían percibiendo, una pirueta contable que deja a los empleados municipales en la indigencia técnica.
Para ponerlo en perspectiva cotidiana, esos 24 mil pesos de «aumento» se evaporan en un abrir y cerrar de ojos: apenas alcanzan para cargar 20 litros de nafta súper o para comprar Dos kilos de carne. Es el precio de apenas uno o dos días de supervivencia básica para una familia, estirada hasta el absurdo.
Mientras tanto, la vara del sacrificio no es igual para todos. En los despachos alfombrados, la realidad se percibe con otro prisma. Para la planta de funcionarios, el incremento oscila entre los 100 mil y los 500 mil pesos, una brecha obscena que deja al descubierto quiénes son los verdaderos privilegiados de esta gestión.
Resulta cínico escuchar al Ejecutivo alardear de un «superávit» fiscal y de cuentas ordenadas mientras se destinan fortunas a la renovación de veredas y al embellecimiento de un Palacio Municipal que brilla por fuera, pero supura descontento por dentro.
La falta de representación gremial es la otra cara de esta moneda devaluada. Con sindicatos que actúan más como oficinas de relaciones públicas del municipio que como escudos de los trabajadores, el empleado municipal quedó huérfano.
La política de Cagliardi, curiosamente, empieza a mimetizarse con el ajuste nacional que tanto dice combatir: se prioriza la estética de la obra pública para la foto y el equilibrio fiscal a costa de «licuar» los ingresos de quienes barren las calles, cuidan la salud en las unidades sanitarias y sostienen la administración.
En la capital provincial del inmigrante, el superávit no es más que el nombre elegante para las migajas que sobran después de alimentar a la política, mientras el trabajador retrocede un paso más hacia el abismo de la pobreza.




