La imagen de un hombre de unos 30 años buscando desesperadamente en una bolsa de basura en la intersección de las calles 30 y 175 de Berisso, a media mañana, es un doloroso y certero retrato del fracaso de un modelo económico que empuja a sectores cada vez más amplios de la sociedad a la marginalidad y el hambre.
Esta escena, capturada en plena luz del día, se convierte en una denuncia silenciosa contra las políticas económicas implementadas por el gobierno nacional. La inflación galopante, la devaluación del peso y el ajuste despiadado han pulverizado el poder adquisitivo de los trabajadores, convirtiendo derechos básicos como la alimentación en un lujo inalcanzable para muchos. Las determinaciones tomadas en los despachos de la Capital Federal, obsesionadas con la «meta fiscal», tienen su correlato en las veredas de Berisso, donde un joven, en la plenitud de su vida productiva, se ve reducido a la indigencia más extrema, buscando su sustento entre los desechos de otros.
Pero la responsabilidad no se agota en la Casa Rosada. En el nivel local, el gobierno municipal de Berisso parece observar con parálisis o desidia cómo la pobreza avanza por sus calles. Si bien es cierto que las variables macroeconómicas son determinantes, la ausencia de una red de contención social efectiva que amortigüe el impacto de la crisis es alarmante. La falta de programas de asistencia inmediata, comedores comunitarios con recursos suficientes y políticas activas de empleo deja a los vecinos en situación de vulnerabilidad en un absoluto desamparo. Mientras las máximas autoridades municipales se pierden en actos protocolares, el hambre no espera y la dignidad de las personas se va perdiendo en cada bolsa de basura que se abre. Esta postal de Berisso no es un caso aislado, es la dolorosa evidencia de un Estado, en todas sus esferas, que le da la espalda a su gente en el momento que más lo necesita.




